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LAS DOLOMITAS

Las Dolomitas forman la arquitectura natural más hermosa de Europa, y quizás del mundo. Precisamente fue el Gran Reinhold Messner hace ya varias décadas, quien escribió que las Dolomitas eran las montañas más hermosas de la Tierra. Sus razones tendrá el Gran Maestro, pero ciertamente estas montañas son inmensamente bellas.

Cuando uno descubre unas montañas y unos valles donde se siente verdaderamente a gusto, con el paso de las semanas y de los meses, se da cuenta que aquella tierra está dentro de su corazón, que la lleva consigo mismo allá donde va, y el hombre siente que pertenece a ese espacio natural. Precisamente esto es lo que me pasó a mi con las Dolomitas. Alguien lo podrá definir como un amor a primera vista. Seguramente sea así, pues llevo estas montañas en mi corazón desde el momento en que las vi por primera vez. Durante estos más de 4 años he tenido la oportunidad de escalar y muchas montañas del Tirol del Sur, del Trentino y del Veneto, montañas de todo tipo, algunas completamente desconocidas, y otras famosísimas.

Y he sido completamente feliz en cada montaña que he pisado, y cada vez que he escalado una cumbre dolomítica, ha sido como recibir el mejor de los regalos. A veces, pero no siempre, los sueños se hacen realidad, y disfrutamos de esos instantes de felicidad efímera, que nuestra memoria se encargará de irnos recordando de vez en cuando. También exísten los pensamientos, ya sean profundos o no, y la libertad de guardarlos en nuestro corazón, acogerlos porqué son importantes y forman parte de nuestras vidas.

Para mi la vida son capítulos que vamos escribiendo. Nacemos, vivimos y morimos. Así, sin más. Si no fuera porqué algunos llenamos la vida de emociones y riesgos en forma de montañas, quizás la vida sería de lo más absurdo que uno puede llegar a imaginar. Pero no es así, y la vida es maravillosa, y cuando conseguimos llenarla de palabras hermosas, de personas buenas, de amor, de pureza y de montañas, adquiere una dimensión tan hermosa como el mejor de los libros, o la letra de una canción que nos marcó para siempre. Escribímos cada capítulo con mucha intensidad, llenamos sus espacios, corregímos algunas cosas y otras no. Conocemos personas, y gracias a su humildad nos hacemos grandes a su lado.

En las Dolomitas he conocido a personas magníficas, algunas tan sensibles a los paisages como lo soy yo. Con algunas he compartido hermosas ascensiones, con otras la pureza de un glaciar y con otras una noche bajo las estrellas. He conocido personas que me han llenado, he conocido amores, he conocido algún que otro espíritu libre, y he conocido personas buenas, que después han desaparecido de mi vida.

Bajo las sombras de la Cara Norte de la Marmolada encontré la felicidad un día de invierno, remontando su largo glaciar lleno de misterio, de grietas ocultas y de muchas historias personales, en un día frío en que los planetas se alinearon para regalarnos una bella jornada de alta montaña.

Y en  las cascadas de Sella, bajo las famosas torres del mismo nombre, encontré secretos guardados durante décadas, que quizás, ni el propio Messner sabía que estaban allí. El hielo azul y duro como el acero llenó un capítulo de nuestra vida, pero aprendí que tenía que seguir escribiendo si quería llenar mi vida.

Bajo el Langkofel me di cuenta que los seres humanos somos muy pequeños y frágiles. A los pies de su Pilar Norte, de 1.200 metros de desnivel, me sentí insignificante ante aquella obra de la arquitectura dolomítica. Ese millar de metros verticales me parecieron como un sueño imposible, un sueño que seguro que en esta vida no haré realidad, pero seguro que alcanzaré su cumbre por alguna otra vía…..

El Sass Putia me regaló su sonrisa, su Pilar Norte, puro y vertical, me llenó de alegría y a la vez, esta montaña consiguió que aquella noche yo durmiera tranquilo y de un tirón. Y al mismo tiempo descubrí una hermosa vía de hielo, un sueño para el invierno.