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BUSCANDO EL FINAL DEL BLANCO INFINITO…..

Recuerdo una expedición a Groenlandia, intentando completar la travesía integral uniendo ambas costas, avanzando por una llanura inmensa que en los mapas salía como el Valle de la Tristeza….. ¡bonito nombre para una etapa dantesca como aquella!. Seguramente era una valle de hielo y nieve tan grande, que no nos dábamos cuenta de que estábamos metidos allí dentro.

Aquella tarde de finales de mayo aprendí a ser todavía más paciente, también aprendí a sufrir todo lo que se tenía que sufrir, aprendí a pensar todavía más en los míos, y sobretodo aprendí a vivir estos días a tope, siendo inmensamente feliz con lo que estábamos haciendo, aquella travesía descomunal e infinita que nos permitiría cruzar la mayor isla del mundo en esquís y trineos.

Vivir esta clase de sueños permite a uno sentirse protagonista de su propia vida, danzar sobre el filo si se quiere, pero uno es dueño de su destino. En Groenlandia aprendí muchas cosas, la más importante: a ser paciente, a saber esperar el momento, a ser sincero conmigo mismo, a avanzar sin hacer ruido, y a soportar todos los dolores. Aquella expedición fue completamente diferente a todas las que había vivido hasta el momento. En nada se parece una travesía polar a subir un ocho mil.

Cuando el sol caía en el horizonte más lejano, sobre las tierras heladas del Canadá, alcanzamos el final del Valle de la Tristeza, y nos situamos a menos de 250 kilómetros del mar. Montamos la tienda sobre la nieve helada. La superficie era tan plana y uniforme que la tarea se hacia facil. Como cada día y al final de cada etapa estábamos fundidos, cansados hasta el extremo. Pero no podíamos parar, pues el final de nuestra aventura era cada vez más cercano, y los dos éramos conscientes que aquella expedición iba a marcar nuestras vidas para siempre.

Dejando atrás  el Valle de la Tristeza, fuímos ganando kilómetros al Blanco Infinito, sufriendo y disfrutando a la vez, gozando de cada metro ganado al Inlandsis. Y un día de junio nos asomamos al final del hielo, y descubrímos que el mar también estaba completamente congelado, con centenares de icebergs que inundaban el Océano Atlántico Norte, y formaban un caos impresionante. Nuestros ojos se inundaron de lagrimas ante aquella visión, aquel paisaje fantasmagorico e irreal que no olvidaré nunca jamás. Esquiamos perdiendo todo el desnivel posible hasta alcanzar los ultimos metros del inlandsis. Allí nos abrazámos, estaba orgulloso de mi compañero. Allí abrazámos a nuestro sueño que nos pertenecería para siempre. Y finalmente abrazámos los hielos eternos que nos habían permitido vivir aquel viaje polar, y guardalo en nuestro recuerdo para siempre.